En ciencia, una pregunta es tan frecuente como difícil: ¿cuánto influye la presencia humana sobre la vida silvestre? Medir esa influencia en condiciones reales es un desafío, sobre todo cuando se trata de un territorio hostil como la Antártida. Para Laura Reyes Jimenez, becaria doctoral de la Comisión de Investigaciones Científicas, la clave para esa pregunta podría estar en un ave muy común en la costa argentina: la gaviota cocinera. Estudiarla, sin embargo, exige caminar con nieve hasta la cintura, trabajar a temperaturas bajo cero y en días que se vuelven eternos.
Su proyecto, desarrollado junto al Instituto Antártico Argentino y el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras de Mar del Plata, busca comparar dos escenarios extremos: la franja costera bonaerense -una de las regiones más pobladas e industrializadas de la provincia- y Base Esperanza en la Antártida, uno de los asentamientos argentinos con mayor actividad humana en el continente blanco.
Para esto Laura Reyes Jimenez permanecerá tres meses en la Antártida. Su hipótesis es clara: la gaviota cocinera puede funcionar como bioindicadora del impacto humano en ecosistemas costeros, ya que está asociada a puertos, basurales, zonas pesqueras y áreas turísticas. “Esta especie tiene una plasticidad ecológica muy fuerte y una importante presencia donde hay asentamientos humanos”, explica la bióloga.
Esta gaviota es una de las aves más abundantes en las costas argentinas. Se distingue por las alas negras y la cabeza y cola blancas; los pichones, en cambio, muestran un plumaje gris escamado. Omnívora y muy adaptable, su población se expandió gracias a la oferta de alimentos en basurales a cielo abierto.
Por esta razón, la investigación indaga en dieta, salud, contaminantes y residuos para entender hasta qué punto la presión antrópica (es decir: la actividad humana) modifica la conducta de esta especie.
“Lo que proponemos es evaluar el impacto humano comparando dos contextos contrastantes”, señala. Por un lado, la costa bonaerense, con industria pesquera, basura y vertederos que ofrecen alimento permanente a la gaviota; por el otro, Base Esperanza, con dotaciones militares, familias, turismo, helicópteros y el rompehielos Irízar que llega para abastecer.
Ciencia al límite



Cuando el clima lo permite, Laura camina durante una hora y media sobre la nieve y pasa varias horas a una temperatura de quince grados bajo cero. Allí monitorea nidos, recolecta regurgitados para analizar su dieta y toma plumas para identificar contaminantes orgánicos persistentes, aquellos compuestos que no se degradan y quedan en el ambiente.
Algunos ejemplares se capturan para extraer sangre -clave para evaluar estrés o daño celular- y se anillan para hacer un seguimiento que durará tres años. Además, se registran los residuos incorporados en los nidos. “La idea es ver si las gaviotas que viven cerca de la población humana muestran más señales de estrés o alteraciones en la salud”.
El estudio busca señales concretas del impacto humano: plásticos y restos antrópicos en los regurgitados, residuos incorporados a los nidos y contaminantes orgánicos persistentes acumulados en las plumas. A esto se suma otro antecedente. Laura advierte que “hay estudios que han determinado la existencia de plomo en suelo antártico”. Además, al tratarse de un ave “oportunista”, también se investiga su relación con las pingüineras y algunos tipos de contaminantes en esos sitios.
El seguimiento continuará durante tres temporadas consecutivas, comparando la situación de la especie en Mar del Plata y en la Antártida. Aunque se trata de un ave que está presente en toda la costa argentina, su distribución cambia radicalmente en el extremo sur. “En la provincia de Buenos Aires hay muchísima cantidad y acá no: hay 25 nidos con toda la fuerza en esta base”, señala.
Antártida como desafío


“Los días acá pasan raro”, dice Laura. En esta época del año, a las 12 anochece y una hora después amanece. Es inevitable que la ausencia de la noche altere el estado anímico, el trabajo, la rutina, el sueño. “Nada que un buen blackout pueda solucionar”, bromea.
El trabajo de campo implica frío persistente, observación silenciosa y paciencia extrema. “A veces tardo 30 minutos en llegar a los nidos; con temporal, hora y media y nieve hasta la cintura”. Pero eso no es todo. “Podés estar tres o cuatro horas a -15ºC viendo a las gaviotas. Cuando hay pasión, hasta el frío se vuelve mental”, dice. Y agrega: “Es un trabajo silencioso. Te invita a descubrir de qué estás hecho”.
Para Laura, trabajar entre hielo, frío y viento que bloquean cualquier planificación no es solo una exigencia logística: es también un deseo cumplido. “Es un lugar con el que una soñó desde muy chiquita”, cuenta.
Laura es colombiana y hace 12 años que vive en Argentina. Esta no es su primera campaña al continente blanco: entre 2023 y 2024 trabajó en Base Orcadas y Base Carlini. Hoy, desde Base Esperanza, lo resume con orgullo: “represento los intereses argentinos en la Antártida”.
Por Alejandro Armentia