En este momento estás viendo Pichiciego menor: un pequeño y gran misterio argentino<p class = "resumen">Es el armadillo más pequeño del mundo y una especie que solo habita en Argentina. Vive bajo tierra, es extremadamente difícil de encontrar y todavía hay preguntas básicas sobre su vida que la ciencia intenta responder. Para conocerlo, los investigadores necesitan algo imprescindible: la ayuda de quienes viven donde él se esconde</p>

Pichiciego menor: un pequeño y gran misterio argentino

Es el armadillo más pequeño del mundo y una especie que solo habita en Argentina. Vive bajo tierra, es extremadamente difícil de encontrar y todavía hay preguntas básicas sobre su vida que la ciencia intenta responder. Para conocerlo, los investigadores necesitan algo imprescindible: la ayuda de quienes viven donde él se esconde

  • Entrada publicada:23 septiembre, 2026

En el sudeste de la provincia de Buenos Aires hay un animal que pasa casi toda su vida bajo tierra. Se trata del Pichiciego menor, el armadillo más pequeño del mundo. Mide lo mismo que una lapicera, entra en la palma de una mano y pesa alrededor de 100 gramos. Y aunque su distribución atraviesa una pequeña porción del territorio bonaerense, conocer dónde vive y cómo se comporta sigue siendo un desafío para la ciencia.

Un grupo de investigación de la Universidad Nacional de La Plata y el CONICET impulsó el proyecto de ciencia ciudadana denominado “Pichiciego Pampa” desde el cual recolectan información que proviene de pobladores y personas que alguna vez lo vieron y tuvieron contacto con él. Desde el grupo solicitan que en caso de encontrarlo le saquen fotos y lo filmen pero no lo manipulen -mucho menos lo encierren- dado que es muy sensible y podría morir a los pocos días. El equipo recorre provincias, pueblos y ciudades, y siguen las pistas que le van llegando. En el camino dejan folletos y canales de comunicación para que la gente pueda contactarse. 

Es una especie sobre la que todavía existen muchas preguntas respecto a su modo de vida: cuánto puede ver, cómo se orienta, cómo y cuándo se reproduce, cuánto vive, cómo hace un macho para encontrar una hembra. Tampoco se sabe cuál es su estado de conservación. Actualmente está catalogada como “Datos insuficientes” porque no reúne la información necesaria para asignarle una categoría.

Tan argentino como el mate

El Pichiciego menor -Chlamyphorus truncatus- se distribuye por la región central de la Argentina, siguiendo la llamada diagonal árida que comienza en el norte de Río Negro y Neuquén y llega hasta el sur de Catamarca. Cuando aparece en la superficie, puede volver a sumergirse y desaparecer en cuestión de segundos. Los registros dentro de la provincia de Buenos Aires lo ubican en el partido de Villarino, en las localidades de Médanos, Mayor Buratovich y hacia el norte costero de Pehuen Có y Bahía Blanca.

“Algo que nosotros creemos y postulamos es que habita en zonas donde el suelo es netamente blando y arenoso o limo arcilloso, es decir, un suelo de arena pero no un médano de playa, sino en lugares donde el sedimento tiene un grano más fino”, detalla Habib Delfino Ahumada, becario doctoral de la UNLP e integrante del equipo de investigación.

La mayor parte de su vida la pasa bajo la tierra y tiene hábitos estrictamente fosoriales, algo que dificulta cualquier intento de estudio. “Es una máquina de excavar, cuando vos lo encontrás y lo ponés en el suelo no atina a correr, se va para abajo automáticamente y se esconde en segundos”, detalla Esteban Soibelzon, investigador del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la UNLP.

Sus ojos diminutos, casi imperceptibles, son propios de los animales fosoriales, es decir, aquellos que pasan gran parte de su vida bajo tierra. “Si la luz no es una herramienta fundamental para orientarse, la vista pierde importancia”, manifiesta Soibelzon. “Todavía no sabemos con certeza cuánto puede ver y si quizás solo detecta cambios en la intensidad de la luz, pero lo estamos investigando”.

Bajo la tierra el pichiciego parece construir su mapa del mundo a través del olfato y las vibraciones. Avanza palpando la superficie con el hocico y cuenta con numerosos pelos alrededor de las garras que podrían ayudarlo a percibir lo que ocurre a su alrededor. “Durante los análisis le pusimos una cucaracha un tanto lejos y se alertó casi de inmediato”. El oído también presenta una particularidad dado que tiene un canal externo que podría estar relacionado con la percepción de sonidos o vibraciones de baja frecuencia. “Para un animal que vive debajo de la tierra sentir el mundo quizás sea mucho más importante que verlo”, explica el investigador.

El cráneo del pichiciego también guarda algunos misterios. Su mandíbula tiene una forma muy particular y en la parte frontal presenta dos promontorios óseos, algo así como unos “cuernitos”. Ninguna otra especie de armadillo tiene estas estructuras y los investigadores todavía intentan descubrir para qué las utiliza.

Pero las curiosidades no terminan ahí. La parte posterior de su cuerpo es de forma aplanada y vertical al suelo (algo que denominan “escudo pélvico”). Además tiene garras enormes en proporción a su tamaño y mientras cava, mueve la arena con sus patas delanteras y utiliza ese escudo para compactar y cerrar el túnel por el que pasa. Esa estrategia también complica enormemente a quienes quieren estudiarlo: el pichiciego no deja una madriguera con una entrada abierta sino que desaparece y borra su propio camino.

A diferencia de otros armadillos, la coraza del caparazón envuelve buena parte del cuerpo, algo similar a una “cáscara” delgada ubicada sobre el lomo que se une al cuerpo solo a través de la línea media de la espalda. En el vientre, en cambio, tiene un pelaje blanco, largo y muy tupido. 

Un animal en modo incógnito

Ante un animal que no se deja ver, la metodología de trabajo debió adecuarse. “Estuvimos 12 años investigando en La Pampa y jamás lo vimos vivo. Pudimos registrar todos los mamíferos, desde los ratones más chiquititos, incluso algunos marsupiales y hasta los pumas, pero al pichiciego no lo pudimos hallar”, explica Soibelzon.  “Ahí hicimos el click. Si una persona que nació y vivió toda su vida en determinado lugar cuenta que lo vio una o dos veces, la posibilidad de encontrarlo era bajísima”.

A partir de entonces empezaron a hacer entrevistas estructuradas. Cada vez que llegan a un lugar nuevo buscan hablar con la gente. Llevan folletos y stickers, pegan afiches en hospitales, centros comunales y dependencias policiales. Una especie de “movida graffitera” que, poco a poco, empezó a construir una red de referentes e informantes. Personas que no sólo conocían al pichiciego, sino que se comprometieron con el proyecto y con la posibilidad de aportar información a la ciencia.

En un pequeño paraje de San Luis, una maestra rural compartió el flyer en la cuenta de Facebook de su radio. La respuesta no tardó en llegar: “tengo uno frizado”. Del otro lado del celular, un hombre aseguró que tenía el ejemplar en su casa. Lo había encontrado muerto ocho años antes. Sabía que era un animal raro y pensó que, algún día, podría servir para estudiarlo. Por eso la decisión de conservarlo. Los investigadores fueron a buscarlo. Claudio se los entregó con los ojos llorosos. “Yo lo guardé porque sabía que a alguien le iba a servir”, les dijo.

“Era un gesto de orgullo. Orgullo por haberlo guardado durante tantos años y, finalmente, poder entregarlo para contribuir al estudio y al conocimiento de una especie nativa”, detalla Delfino Ahumada. La historia se repitió en distintos lugares. En un puesto perdido en La Pampa, alguien les dijo: “Creo que tengo uno que guardó mi abuelo”. En otro camino vecinal los investigadores pararon una camioneta para preguntar y terminaron yendo hasta la casa de un hombre que tenía dos ejemplares también conservados hacía algunos años.

Conocer para cuidar

El desafío de dar a conocer al pichiciego también llegó este año a Plaza de la Ciencia, la propuesta de la Comisión de Investigaciones Científicas de la provincia de Buenos Aires que reunió a investigadores, equipos científicos y familias durante las vacaciones de invierno en la República de los Niños. Allí, el grupo de Pichiciego Pampa acercó a las infancias y al público general a este pequeño y desconocido habitante de la Argentina, compartiendo lo que se sabe -y también todo lo que todavía falta conocer- sobre una especie tan difícil de encontrar como de estudiar.

La ciencia ciudadana también puede ser eso: desde una maestra que organiza una feria de ciencias, una persona que comparte una foto en WhatsApp, alguien que pregunta por un animal que encontró o una persona que durante ocho años lo guarda en su freezer porque está convencido de que algún día le va a servir a la ciencia. Porque para encontrar a un animal que casi nadie ve, primero hay que hacer que más personas aprendan a reconocerlo.

Por Mariana Hidalgo