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Un hallazgo inesperado en el bosque platense: descubren un parásito que vive dentro de otro parásito

El descubrimiento abre nuevas preguntas sobre la vida microscópica en ambientes urbanos y podría servir para futuras investigaciones sobre control biológico

  • Entrada publicada:30 abril, 2026

En el lago del bosque, en La Plata, uno de los puntos turísticos más importantes de la capital bonaerense, pasan cosas que, a simple vista, nadie podría observar. Escenas microscópicas complejas que dan cuenta, por ejemplo, que un parásito puede vivir dentro de otro.

Un equipo de investigación del Centro de Estudios Parasitológicos y de Vectores, CEPAVE (CONICET-UNLP) asociado a la Comisión de Investigaciones Científicas, dio con un hallazgo en el marco de un monitoreo sanitario de peces. Durante la campaña analizaban a las “madrecitas” – o como su nombre técnico lo indica Cnesterodon decemmaculatus-, un grupo de peces de tamaño pequeño y muy común en lagunas y arroyos de la región. Lo que encontraron fue inesperado. Dentro de estos peces, que actúan como hospedadores intermedios, detectaron unas estructuras llamadas metacercarias. Es decir, formas inmaduras de parásitos del grupo de los trematodos o “gusanos chatos”. Al analizarlas en detalle, notaron algo más: esas metacercarias estaban, a su vez, infectadas por organismos aún más pequeños, los microsporidios. Es decir, un hiperparásito. 

En términos biológicos un “hospedador” es un organismo vivo que alberga a otro dentro o sobre sí mismo, garantizándole refugio y nutrientes. Es decir, funcionan como el lugar donde otro organismo vive y se reproduce. En ese contexto y tras estudios morfológicos y análisis genéticos, confirmaron que se trataba de una especie nunca antes registrada. La denominaron Glugea pygidiopsidis, en referencia al parásito Pygidiopsis, propio en peces de agua dulce.

Este tipo de relación, un parásito que infecta a otro, es poco frecuente y abre nuevas preguntas científicas. Una de las principales es si se trata de un comportamiento producto del azar o si responde a una adaptación evolutiva. “Podría tratarse de un caso en el que el microorganismo encontró en otro parásito un ambiente protegido para sobrevivir, evitando las defensas del hospedador”, explica Clara Vercellini, responsable del proyecto. Sin embargo, aclara, también podría ser un fenómeno ocasional, algo que requerirá más estudios para confirmarlo.

En los ejemplares analizados las metacercarias infectadas aparecían dañadas o directamente muertas, lo que sugiere que este microsporidio podría afectar su desarrollo. Esta investigación aporta conocimiento sobre la biodiversidad microscópica de ecosistemas urbanos poco estudiados y abre la posibilidad de explorar aplicaciones en control biológico. “Si este tipo de microorganismos logra afectar a parásitos que perjudican a otras especies, podría pensarse en estrategias para reducir enfermedades en peces de consumo o en ambientes productivos”, explica la investigadora.

Además, el estudio vuelve a poner en valor el lago del bosque platense como un espacio con gran riqueza biológica, muchas veces invisibilizada. “Estos ambientes, aunque parezcan cotidianos, esconden dinámicas complejas que todavía estamos empezando a entender”, señala Vercellini. Todavía no sabemos si este comportamiento es algo adaptativo o si fue un ingreso más azaroso”, agrega. La pregunta es si este microorganismo “eligió” ese parásito como refugio porque le conviene, o simplemente ocurrió por casualidad. 

La hipótesis más interesante apunta a lo primero. Los parásitos del grupo de los trematodos tienen la capacidad de evadir el sistema inmune del hospedador. “Entonces, podría ser que este microsporidio esté aprovechando esa protección para sobrevivir mejor”.

Aunque suene contraintuitivo, los parásitos no siempre son una mala noticia. En ecología pueden ser indicadores de salud ambiental y, mientras más diversidad de parásitos haya, menos contaminado está el ambiente. “Es al revés de lo que uno pensaría”, explica. En este caso, el hallazgo podría tener aplicaciones a futuro dado que si este microsporidio afecta a otros parásitos podría ser contemplado como herramienta para controlar enfermedades en peces, especialmente en sistemas productivos.

“No es algo inmediato ni es nuestro campo directo, pero abre una puerta. Puede servir como base para otros estudios más aplicados”, aclara Vercellini.

En el lago del bosque conviven especies nativas con otras introducidas, muchas veces por acción humana. “La gente va y tira peces que tenía en la casa, o trae de otros lados. Se arma un ecosistema muy particular”. En ese contexto, estudiar cada organismo, aunque sea diminuto, permite entender mejor qué está pasando en ese ambiente particular. El hallazgo también deja entrever que incluso en los lugares más cotidianos, pueden pasar cosas que se desconocen por completo. “Estos peces parecen simples, pero si los mirás de cerca, pasan cosas muy complejas”, cierra la investigadora.

Por Mariana Hidalgo